domingo, 16 de septiembre de 2012

Nos espera un tiempo apasionante, por Ignacio Carbajosa

Recomendamos la lectura de este artículo por su pertinencia ante la realidad que nos toca vivir en este comienzo del curso.

En estos días en que los viajes se multiplican no es raro asistir "obligados" a las conversaciones de los pasajeros situados cerca de nuestro asiento, en el tren o en el avión. No es difícil adivinar cuál es el tema de conversación más frecuente: la crisis con sus novedades cotidianas, la prima de riesgo, los recortes del gobierno, las Navidades sin paga extra, la subida del IVA...

La semana pasada me llamó la atención la reacción de un pasajero en un tren de larga distancia que cortaba de raíz el inicio de la acostumbrada conversación al hilo de las últimas (y preocupantes) noticias del día: "Por favor, no hablemos de esto porque me entra la angustia". En efecto, las noticias que se suceden producen la angustiosa sensación de que se hunde el suelo bajo nuestros pies, ese suelo (la estabilidad y prosperidad económica) que hasta ahora nos había permitido vivir despreocupadamente, sin necesidad de responder a (casi) nada.


Después de muchos decenios el suelo o fundamento común parece resquebrajarse. Mientras se buscan soluciones macroeconómicas, a la espera de saber si estamos ante una crisis pasajera o de todo el sistema, la preocupación que compartimos todos los españoles tiene (al menos) un efecto benéfico: ha conseguido romper los estrechos moldes en los que la mentalidad común nos "invitaba" (¿obligaba?) a vivir.

En efecto, una de las características más marcadas de la sociedad española de los últimos 30 años (por lo menos) es la censura del problema del significado. Hay ciertas cosas de las que no se puede (o no se debe) hablar en el bar, por la calle, en la oficina o en los telediarios. Se nos ha hecho pensar que el problema del sentido de la vida es algo personal, privado, sin dignidad cultural. Quien lo plantea en público es tildado de "filósofo", una cariñosa descalificación próxima a la de "tipo raro fuera de la realidad".

Hay veces, sin embargo, en las que el problema del significado es difícilmente eludible: ante la enfermedad, ante la muerte de un familiar cercano, ante el fracaso afectivo. Aquí es donde el "pensamiento único" en nuestra sociedad ha alcanzado el culmen en su labor de ingeniería social, levantando un muro que nos aísla de los golpes de la realidad: la pro-vocación de la muerte, de la enfermedad, del amor perdido ha sido reconvertida en patología. El impacto de la realidad que nos obliga a plantearnos las grandes cuestiones de la vida (¿qué sentido tiene vivir? ¿qué es el amor? ¿qué es la muerte? ¿por qué el dolor?) ha sido neutralizado: se trata de una patología que hay que curar. El cuerpo cada vez más numeroso de psicólogos se encarga de ello.

Pues bien, ha llegado el momento de reconocer, y de hacerlo como conciencia de un pueblo, que no existe persona (o algo que merece la pena llamarse así) si no se acoge el problema del significado de la propia vida y de la realidad que nos circunda. Es más, paradójicamente las grandes patologías de nuestra época tienen su origen en la censura de este problema. La depresión, la violencia de género, los suicidios son un testimonio (tan presente como silenciado) de las dramáticas consecuencias de aquella obra de ingeniería social a la que antes me refería.

El sacerdote y gran educador Luigi Giussani comentaba así hace años la afirmación del Papa Juan Pablo II de que el peligro más grande para el hombre no es la esclavitud física sino la eliminación de la posibilidad de comportarse como hombre: "estamos en una época en la que las cadenas ya no aferran nuestros pies sino el movimiento inicial de nuestro yo y de nuestra vida". Y esto trae consigo graves consecuencias. Alguno podría objetar que vivimos en una sociedad libre, no esclava. María Zambrano respondería que la nuestra es una "pseudo libertad sustituto de la libertad verdadera; la libertad de vagar por su cuenta extra muros de esa ciudadela que es lo real". Libres para vagar fuera de la realidad: una buena definición de nuestra sociedad. Con fútbol y TV, a ser posible.

La actual crisis, que ya no es de unos pocos, ha sacado a la calle la pregunta por el significado de la vida, como bajo continuo que acompaña a las preguntas sobre el futuro de nuestros ahorros, de nuestro trabajo, de nuestra prosperidad. Hoy es la crisis, hace años era la guerra, las condiciones naturales adversas o las epidemias: modos con los que la realidad testaruda pone a la personas ante el drama de la vida que exige un significado. Es cierto que la misma mentalidad común intenta en estos días ofrecernos nuevos sucedáneos para eludir la cuestión: salir a la calle para identificar en el gobierno, en los banqueros o en Berlín el origen de nuestros males. No hará sino retrasar el problema.

Hoy, como hace dos mil años, el cristianismo muestra todo su poder saliendo al encuentro de la pregunta de cada persona. En estos momentos de crisis, en los que el fundamento se tambalea se nos hace cercana la pregunta del salmista: "¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?" (Sal 8). La afirmación de Cristo, "¿de que le sirve al hombre ganar el mundo

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