Mª Carmen Carrón
El pasado sábado, en un encuentro organizado por la asociación ARCYP, tuvimos el placer de escuchar a tres personas que desde ámbitos muy diferentes están relacionadas con el campo educativo y que se pusieron en juego de forma bellísima frente al tema “Educa quien despierta el yo”. Javier Restán, director general de Ayudas y Becas de la Comunidad Autónoma de Madrid; David Reyero, profesor titular de Educación de la Universidad Complutense; y Antonella di Giordi, vicepresidenta de la escuela Oliver Twist de la Fundación Cometa Como (Italia).
La primera percepción latente al terminar el acto es la sorpresa de que el objetivo se había cumplido, había sido un momento educativo, “habían conseguido despertar nuestro yo”. El encuentro tenía como primer centro de interés el diálogo sobre los alumnos y la emergencia educativa reflejada en su ausencia de deseo. Antonella lo ilustró con la descripción de la situación de los chicos que llegan a la escuela Oliver Twist: jóvenes de 16-18 años que abandonan el colegio, sin expectativas y cuyas características son la rabia, la falta de autoestima, el riesgo social; y sus hábitos: duermen hasta tarde, están en la calle, abusan del alcohol y las drogas y se pelean por miradas o se encierran en la habitación y están frente al ordenador toda la noche.
Javier Restán reconoció que, a pesar de las apariencias, el deseo de estos chicos existe: «¡Y cómo existe!». Muestra de ellos es una carta de María, alumna de la Oliver Twist: «Uno se vuelve sordo, porque no quiere oír lo que le dicen los demás; se vuelve ciego porque no quiere ver; se vuelve inconsciente, estúpido, porque disimulamos no haber entendido nada; cuando en realidad lo hemos entendido todo».
David Reyero considera que la emergencia educativa sucede porque los chicos no aceptan la dependencia constitutiva del ser humano, a través de la cual se aprende a ser verdaderamente libre, y la confianza como método de conocimiento.
El problema, según Javier Restan, no está en los chicos, está en los adultos que silencian su propio deseo por impotencia –como una vergüenza–, no tienen nada que decir ante los grandes problemas de la vida: la sexualidad o la muerte, por ejemplo.
Es a lo que David alude cuando dice que existe un fracaso en la transmisión del legado del pasado que se pone ante el chico; y sin embargo, el hijo-alumno percibe inmediatamente lo que es importante o no para el adulto.
El lema de la escuela Oliver Twist es “Acoger para educar”. Los adultos responden al drama de los chicos afirmando la totalidad de su persona, que no está definida más que por su deseo de ser feliz; partiendo de aquí todo chico es educable.
Así nos introdujimos en el segundo gran aspecto del problema: el adulto. Tanto Javier como David reconocían un paternalismo estatalista en el sistema educativo español, cuyas víctimas son, en primer lugar los alumnos y en segundo lugar, los padres: los primeros porque la escuela reduce los conocimientos indispensables y genera un escepticismo, puesto que ya no se trata de conocer la verdad (porque no existe). Y los segundos, los padres, porque se ha impuesto la tendencia de un igualitarismo de centros que elimina la pluralidad social y que impone, como consecuencia, que todos los centros tienen que reflejar todas las posturas en lugar de primar una consistencia interna, una coherencia en la cosmovisión, unas señas de identidad.
En este contexto es necesario recuperar el aprendizaje como tejido de la tarea de las aulas, que están para enseñar; aunque lo parezca, ya no es obvio. Antonella de Giordi aportó la experiencia de la escuela Oliver Twist, donde el camino para aprender va de la experiencia al conocimiento, y cuyo método de trabajo se basa en la belleza, la excelencia y la relación con el adulto-maestro. El tercer punto consistía en la relación entre los adultos que educan. Los tres reclaman de manera unánime que la tarea que hay que devolver a la escuela es la de enseñar, y para ello se trata de que los profesores – que no pueden estar solos para evitar el autoengaño, al menos– deben hacer presente una unidad. Se trata de “Educarse para educar”, como sucede en la Oliver Twist, donde el trabajo de los profesores con los chicos que no quieren saber nada del colegio consiste en encontrar el punto que despierta el yo de cada uno y acompañarles hasta que llegan a desear conocer la verdad, la belleza y cómo está hecha la realidad. La unidad de los adultos se ve en la obra que se hace juntos: es interesante y es lo que fascina a los chicos.
Sin embargo todos estamos llamados a establecer una relación con la realidad que tenemos delante, un diálogo sincero con nuestros compañeros, entrando en una amistad gratuita que educa a los chicos. Éste el factor más importante desde el punto de vista educativo.
Al contarnos Antonella tres de los fascinantes proyectos que la escuela Oliver Twist ha puesto en marcha, Javier Restán decía: «Me llena de esperanza ver que esto existe, que este trabajo es posible con chavales difíciles desde el punto de vista educativo. Es necesario estar juntos para que haya posibilidad de que vuelva a despertar la esperanza a través de los ejemplos que nos dicen que es posible una tarea educativa tan potente como ésta».
Para los que fuimos testigos de este diálogo también se despertó de nuevo la esperanza frente a esta tarea.
martes, 14 de junio de 2011
martes, 7 de junio de 2011
Tramas que educan (y re-educan)
Taller de moda en la cárcel. Es uno de los frutos de las “Tramas de libertad” que han unido a la prisión de Como con la escuela Oliver Twist, con un grupo de empresas de moda y con una estilista neoyorquina. El resultado está a la vista de todos.
Laura, nombre ficticio de una de las presas, es peruana, tiene cuarenta años y hoy ha invitado a su hermana y a su sobrino, que se sientan en la fila reservada, delante de los funcionarios de prisiones y justo detrás de las autoridades.
Las “Tramas de libertad”, que dan nombre a un proyecto de colaboración entre la escuela Oliver Twist de Cometa y la junta de distrito de Como, celebran su jornada de clausura y unen, por una tarde, a muchas de las personas implicadas de alguna forma en la iniciativa. Son tramas entretejidas con las hermosas telas con que se han confeccionado las prendas que se muestran tanto en la exposición como en el desfile, en el que participan las presas e incluso una agente de policía.
Las mismas tramas que durante tres largos meses han unido a los chicos de cuarto curso de la escuela textil con ocho presas. Gracias a una idea de Erasmo Figini, promotor de la escuela, y de la estilista neoyorquina Kirsten Randolph, residente en Como, los chicos han cruzado el umbral de la cárcel y han conocido a estas mujeres, a las que han tratado como las clientas ideales de su sastrería ideal, ésa que podrían poner en marcha una vez que consigan su titulación profesional.
Acompañados por sus maestros, han recogido los pedidos de estas mujeres, venciendo sus reticencias iniciales. Provocados por los sueños de elegancia de sus clientas, volvieron a la prisión al cabo de unos días con sus diseños y algunas muestras de tejidos que buscaron en las tiendas de Lisa, empresa líder en el sector que exporta desde Como tejidos a todo el mundo y que apoyó desde el principio este proyecto.
Era el momento de que las clientas eligieran los tejidos para después llegar al siguiente paso: los accesorios. Más empresas asociadas y más decisiones: zapatos, bolsos, joyas... Entre esas pesadas puertas que se abren y se cierran, el estruendo de los pernos y el tintineo de las llaves de los agentes, el taller de Cometa, al cabo de tres meses, toma vida. Los alumnos, cada vez más profesionales; y estas mujeres, cada vez más espontáneas y exigentes, cada vez más ellas mismas, dejando emerger su feminidad, que la rutina penitenciaria estaba ahogando entre el chándal y el abandono.
Un ir y venir que empezó con temor a la diferencia y con desgana, y que termina hoy con satisfacción, entusiasmo, osadía. Por fin, todos –profesores, alumnos, clientes, empleados, educadores y autoridades– se reúnen en el aula magna de la Oliver Twist. Está abarrotada y se percibe un sentimiento de alegría propio de las cosas bellas y difíciles que llegan a buen puerto. Alegría y conmoción porque Mevlude, una joven estudiante turca, comunica, en un italiano un tanto incierto, el entusiasmo por una experiencia que es verdadera escuela y verdadero trabajo, a un nivel altísimo en comparación con cualquier instituto superior de Italia, pero posible en una joven escuela profesional como es la Oliver Twist.
Conmoción también porque Laura no deja de saludar y dar las gracias, en primer lugar a la directora de la prisión, Maria Grazia Bregoli, y luego a los educadores, al cuerpo policial, a la estilista, a los alumnos y profesores de Cometa... y no consigue terminar porque rompe a llorar.
Afuera llueve, pero luce el sol, por eso en el aula magna se siente un calor tropical. Por eso y por la pasión, alegría, ternura, deseo que suceden ante los ojos de todos y que caldea el corazón. Aún existen lugares, en este país tan complicado, donde sucede el milagro de que las cosas funcionan, donde la escuela es escuela y la cárcel es cárcel, es decir, donde la primera educa y la segunda re-educa, donde cada uno pone su pequeño grano de arena para construir lo que una vez se llamó el bien común.
Ezia Molinari, directora de la Oliver Twist y teniente de alcalde de Como, mira con los ojos humedecidos este pequeño milagro. Apoyada en su muleta, con el brazo en cabestrillo a causa del ictus que sufrió hace cuatro meses, disfruta, radiante, de la enésima batalla ganada por su escuela. Tramas de libertad, tramas de bien.
Lucio Lavrans
Laura, nombre ficticio de una de las presas, es peruana, tiene cuarenta años y hoy ha invitado a su hermana y a su sobrino, que se sientan en la fila reservada, delante de los funcionarios de prisiones y justo detrás de las autoridades.
Las “Tramas de libertad”, que dan nombre a un proyecto de colaboración entre la escuela Oliver Twist de Cometa y la junta de distrito de Como, celebran su jornada de clausura y unen, por una tarde, a muchas de las personas implicadas de alguna forma en la iniciativa. Son tramas entretejidas con las hermosas telas con que se han confeccionado las prendas que se muestran tanto en la exposición como en el desfile, en el que participan las presas e incluso una agente de policía.
Las mismas tramas que durante tres largos meses han unido a los chicos de cuarto curso de la escuela textil con ocho presas. Gracias a una idea de Erasmo Figini, promotor de la escuela, y de la estilista neoyorquina Kirsten Randolph, residente en Como, los chicos han cruzado el umbral de la cárcel y han conocido a estas mujeres, a las que han tratado como las clientas ideales de su sastrería ideal, ésa que podrían poner en marcha una vez que consigan su titulación profesional.
Acompañados por sus maestros, han recogido los pedidos de estas mujeres, venciendo sus reticencias iniciales. Provocados por los sueños de elegancia de sus clientas, volvieron a la prisión al cabo de unos días con sus diseños y algunas muestras de tejidos que buscaron en las tiendas de Lisa, empresa líder en el sector que exporta desde Como tejidos a todo el mundo y que apoyó desde el principio este proyecto.
Era el momento de que las clientas eligieran los tejidos para después llegar al siguiente paso: los accesorios. Más empresas asociadas y más decisiones: zapatos, bolsos, joyas... Entre esas pesadas puertas que se abren y se cierran, el estruendo de los pernos y el tintineo de las llaves de los agentes, el taller de Cometa, al cabo de tres meses, toma vida. Los alumnos, cada vez más profesionales; y estas mujeres, cada vez más espontáneas y exigentes, cada vez más ellas mismas, dejando emerger su feminidad, que la rutina penitenciaria estaba ahogando entre el chándal y el abandono.
Un ir y venir que empezó con temor a la diferencia y con desgana, y que termina hoy con satisfacción, entusiasmo, osadía. Por fin, todos –profesores, alumnos, clientes, empleados, educadores y autoridades– se reúnen en el aula magna de la Oliver Twist. Está abarrotada y se percibe un sentimiento de alegría propio de las cosas bellas y difíciles que llegan a buen puerto. Alegría y conmoción porque Mevlude, una joven estudiante turca, comunica, en un italiano un tanto incierto, el entusiasmo por una experiencia que es verdadera escuela y verdadero trabajo, a un nivel altísimo en comparación con cualquier instituto superior de Italia, pero posible en una joven escuela profesional como es la Oliver Twist.
Conmoción también porque Laura no deja de saludar y dar las gracias, en primer lugar a la directora de la prisión, Maria Grazia Bregoli, y luego a los educadores, al cuerpo policial, a la estilista, a los alumnos y profesores de Cometa... y no consigue terminar porque rompe a llorar.
Afuera llueve, pero luce el sol, por eso en el aula magna se siente un calor tropical. Por eso y por la pasión, alegría, ternura, deseo que suceden ante los ojos de todos y que caldea el corazón. Aún existen lugares, en este país tan complicado, donde sucede el milagro de que las cosas funcionan, donde la escuela es escuela y la cárcel es cárcel, es decir, donde la primera educa y la segunda re-educa, donde cada uno pone su pequeño grano de arena para construir lo que una vez se llamó el bien común.
Ezia Molinari, directora de la Oliver Twist y teniente de alcalde de Como, mira con los ojos humedecidos este pequeño milagro. Apoyada en su muleta, con el brazo en cabestrillo a causa del ictus que sufrió hace cuatro meses, disfruta, radiante, de la enésima batalla ganada por su escuela. Tramas de libertad, tramas de bien.
Lucio Lavrans
martes, 31 de mayo de 2011
EDUCA QUIEN DESPIERTA EL YO
La Asociación ARCYP organiza un encuentro en el marco de su Asamblea general anual, titulado “Educa quien despierta el yo”. La emergencia educativa está cada vez más presente en nuestra sociedad expresada en una ausencia de deseo. ¿De dónde partir al educar? Queremos responder a este reto desde la experiencia de una escuela, de un profesor universitario y de un político:
Antonella di Giordi (Subdirectora de la escuela Oliver Twist – Fundación Cometa)
David Reyero (Profesor de pedagogía – Universidad Complutense)
Javier Restán (Director general de becas y ayudas a la educación de la CAM)
Fecha: Sábado 11 de junio
Lugar: C/ Tutor 35, Madrid. (Centro de Enseñanza Superior Luis Vives)
Destinatarios: Padres y profesores
Programa:
10:30h: Comienzo de la Asamblea
11:00h -13:30h: Encuentro titulado “Educa quien despierta el yo”
Lugar: C/ Tutor 35, Madrid. (Centro de Enseñanza Superior Luis Vives)
Destinatarios: Padres y profesores
Programa:
10:30h: Comienzo de la Asamblea
11:00h -13:30h: Encuentro titulado “Educa quien despierta el yo”
domingo, 29 de mayo de 2011
Una forma revolucionaria de educar
Paolo Perego
Presentación del informe de la Fundación para la Subsidiariedad sobre “Educación y formación profesional”. Entre las empresas educativas analizadas, la Plaza dei Mestieri de Turín, un lugar donde, entre las clases y el trabajo «ves cómo a los chicos les cambia la cara»
Es el último de los encuentros del ciclo dedicado a los 150 años de la unidad de Italia titulado «Un cruce de caminos diferentes». El Centro Cultural de Milán decide abordar un tema distinto, nuevo respecto a todas las demás cuestiones relacionadas con las celebraciones de este aniversario, y opta por la subsidiariedad, «una forma revolucionaria de crecer». El protagonista será el Informe 2010 recién publicado por la Fundación para la Subsidiariedad sobre Educación y formación profesional.
Frente a la emergencia educativa cada vez más extendida, la Fundación para la Subsidiariedad ha puesto en marcha una investigación en el ámbito de la educación y de la formación, poniendo en evidencia cómo hoy, «nos toca afrontar en primera línea el fenómeno del malestar juvenil» y el consecuente fracaso escolar. «Ante una urgencia así, en los últimos tiempos han nacido de forma subsidiaria experiencias de educación innovadoras que ponen la educación de la humanidad en el centro de su propuesta a los estudiantes», afirma el informe. Los autores analizan el impacto de las obras educativas que han nacido en este contexto y señalan cómo «la adopción de una iniciativa subsidiaria en la formación profesional influye en el resultado académico, en la inserción laboral y en la inclusión social de los jóvenes diplomados y cualificados».
Entre las “empresas educativas” estudiadas, figura la Plaza dei Mestieri, en Turín. Una obra nacida en la capital piamontesa en el año 2003, con la intención de preparar a los jóvenes para el mundo del trabajo. «Setenta mil metros cuadrados para 550 alumnos entre 14 y 20 años, de los cuales el 70%, este año, procede de familias con rentas situadas por debajo del umbral de la pobreza, once mil euros anuales». Su presidente, Dario Odifreddi, afirma: «de dónde nace algo así es de un punto común con otras muchas realidades, que luego, por el contexto y por las circunstancias, actúan de manera diferente. Pero el corazón de todos es el mismo: nos damos cuenta de una necesidad y empezamos, como podemos, a responder».
Muchos de los chicos proceden de situaciones difíciles. «Muchos son “fracasados” escolarmente hablando. Aquí descubren el valor de aprender a través del trabajo. Por ejemplo, empiezan a estudiar idiomas porque los clientes del restaurante, si trabajan como camareros, son extranjeros. Así aprenden mejor, porque lo que estudian tiene un sentido». Estudio y aprendizaje, en definitiva. «No sólo. También trabajo. Hemos unido a la actividad educativa la productiva. Nuestros chicos salían muy preparados, pero después, por un motivo u otro, no conseguían encontrar trabajo. Así que abrimos una pastelería, un restaurante... Producimos, y los productos se venden como productos de excelencia. Los chicos son contratados y resulta incluso más educativo que el trabajo “académico”, pues están obligados a ser precisos, puntuales... profesionales». Después, la entrada en el mundo del trabajo se hace más sencilla, gracias también a una red de relaciones con empresas, grandes y pequeñas, que apoyan la iniciativa de esta escuela.
¿Pero cuál es la diferencia de una propuesta educativa como ésta? ¿Qué propone realmente a sus alumnos? «Yo diría dos cosas: la belleza y el redescubrimiento del valor de uno mismo, que bien mirado van unidas. La propuesta no se limita a enseñar a hacer un trabajo, sino a que el alumno descubra que “todo es para él”. Por eso nacen iniciativas culturales, artísticas, conciertos, concursos de poesía... Hasta setenta en el programa de este año. Estar delante de la belleza, desearla, les hace darse cuenta del valor que tienen. Cuando llegan, lo ves: a veces llega un grupo de “matones”, que en el fondo piensan que su vida no tiene valor ni futuro. Les han dicho que su futuro será precario, que los deseos que tienen no se realizarán, que hay ciertas cosas que no son para ellos... Y luego ves cómo les cambia la cara, porque se dan cuenta de que hay alguien que, al educarles así, les quiere, como un padre con sus hijos».
Además, aprenden un trabajo manual. «Cuando tienen las manos en la masa, literalmente cuando amasan pan, quieren que lo que hacen sea lo mejor del mundo. Y eso sólo sucede porque aprenden una pasión por lo que hacen». Aprenden por tanto a apasionarse por la realidad. «Sí, y eso no se aprende en el pupitre, no es algo que decidas aprender. El que enseña debe ser así, apasionado, tener esta mirada sobre las cosas. Por eso es difícil que existan realidades análogas que no nazcan “desde abajo”, que no sean subsidiarias». En este punto, el papel de las instituciones es fundamental. «Pero no sólo de las instituciones, que deben mirar como ejemplos positivos a estas realidades y darles todo su apoyo. También el tejido social en el que nacen. Para nosotros son las empresas, el ayuntamiento, la gente que participa en las actividades culturales que hacemos».
Es el Turín de los salesianos, del Cottolengo. «Tal vez todo esto lo llevemos dentro, este carisma por el trabajo. El primer contrato de aprendizaje en Italia lo hizo don Bosco en 1859. Pero el carisma no bastaría si no hubiera una realidad que continuamente nos educara en la pasión por el otro que tenían aquellos santos. Porque no es algo innato, sino que nace de un encuentro y de una amistad que continuamente la despierta. Para mí, y para los amigos con los que empecé, es el movimiento de Comunión y Liberación».
Presentación del informe de la Fundación para la Subsidiariedad sobre “Educación y formación profesional”. Entre las empresas educativas analizadas, la Plaza dei Mestieri de Turín, un lugar donde, entre las clases y el trabajo «ves cómo a los chicos les cambia la cara»
Es el último de los encuentros del ciclo dedicado a los 150 años de la unidad de Italia titulado «Un cruce de caminos diferentes». El Centro Cultural de Milán decide abordar un tema distinto, nuevo respecto a todas las demás cuestiones relacionadas con las celebraciones de este aniversario, y opta por la subsidiariedad, «una forma revolucionaria de crecer». El protagonista será el Informe 2010 recién publicado por la Fundación para la Subsidiariedad sobre Educación y formación profesional.
Frente a la emergencia educativa cada vez más extendida, la Fundación para la Subsidiariedad ha puesto en marcha una investigación en el ámbito de la educación y de la formación, poniendo en evidencia cómo hoy, «nos toca afrontar en primera línea el fenómeno del malestar juvenil» y el consecuente fracaso escolar. «Ante una urgencia así, en los últimos tiempos han nacido de forma subsidiaria experiencias de educación innovadoras que ponen la educación de la humanidad en el centro de su propuesta a los estudiantes», afirma el informe. Los autores analizan el impacto de las obras educativas que han nacido en este contexto y señalan cómo «la adopción de una iniciativa subsidiaria en la formación profesional influye en el resultado académico, en la inserción laboral y en la inclusión social de los jóvenes diplomados y cualificados».
Entre las “empresas educativas” estudiadas, figura la Plaza dei Mestieri, en Turín. Una obra nacida en la capital piamontesa en el año 2003, con la intención de preparar a los jóvenes para el mundo del trabajo. «Setenta mil metros cuadrados para 550 alumnos entre 14 y 20 años, de los cuales el 70%, este año, procede de familias con rentas situadas por debajo del umbral de la pobreza, once mil euros anuales». Su presidente, Dario Odifreddi, afirma: «de dónde nace algo así es de un punto común con otras muchas realidades, que luego, por el contexto y por las circunstancias, actúan de manera diferente. Pero el corazón de todos es el mismo: nos damos cuenta de una necesidad y empezamos, como podemos, a responder».
Muchos de los chicos proceden de situaciones difíciles. «Muchos son “fracasados” escolarmente hablando. Aquí descubren el valor de aprender a través del trabajo. Por ejemplo, empiezan a estudiar idiomas porque los clientes del restaurante, si trabajan como camareros, son extranjeros. Así aprenden mejor, porque lo que estudian tiene un sentido». Estudio y aprendizaje, en definitiva. «No sólo. También trabajo. Hemos unido a la actividad educativa la productiva. Nuestros chicos salían muy preparados, pero después, por un motivo u otro, no conseguían encontrar trabajo. Así que abrimos una pastelería, un restaurante... Producimos, y los productos se venden como productos de excelencia. Los chicos son contratados y resulta incluso más educativo que el trabajo “académico”, pues están obligados a ser precisos, puntuales... profesionales». Después, la entrada en el mundo del trabajo se hace más sencilla, gracias también a una red de relaciones con empresas, grandes y pequeñas, que apoyan la iniciativa de esta escuela.
¿Pero cuál es la diferencia de una propuesta educativa como ésta? ¿Qué propone realmente a sus alumnos? «Yo diría dos cosas: la belleza y el redescubrimiento del valor de uno mismo, que bien mirado van unidas. La propuesta no se limita a enseñar a hacer un trabajo, sino a que el alumno descubra que “todo es para él”. Por eso nacen iniciativas culturales, artísticas, conciertos, concursos de poesía... Hasta setenta en el programa de este año. Estar delante de la belleza, desearla, les hace darse cuenta del valor que tienen. Cuando llegan, lo ves: a veces llega un grupo de “matones”, que en el fondo piensan que su vida no tiene valor ni futuro. Les han dicho que su futuro será precario, que los deseos que tienen no se realizarán, que hay ciertas cosas que no son para ellos... Y luego ves cómo les cambia la cara, porque se dan cuenta de que hay alguien que, al educarles así, les quiere, como un padre con sus hijos».
Además, aprenden un trabajo manual. «Cuando tienen las manos en la masa, literalmente cuando amasan pan, quieren que lo que hacen sea lo mejor del mundo. Y eso sólo sucede porque aprenden una pasión por lo que hacen». Aprenden por tanto a apasionarse por la realidad. «Sí, y eso no se aprende en el pupitre, no es algo que decidas aprender. El que enseña debe ser así, apasionado, tener esta mirada sobre las cosas. Por eso es difícil que existan realidades análogas que no nazcan “desde abajo”, que no sean subsidiarias». En este punto, el papel de las instituciones es fundamental. «Pero no sólo de las instituciones, que deben mirar como ejemplos positivos a estas realidades y darles todo su apoyo. También el tejido social en el que nacen. Para nosotros son las empresas, el ayuntamiento, la gente que participa en las actividades culturales que hacemos».
Es el Turín de los salesianos, del Cottolengo. «Tal vez todo esto lo llevemos dentro, este carisma por el trabajo. El primer contrato de aprendizaje en Italia lo hizo don Bosco en 1859. Pero el carisma no bastaría si no hubiera una realidad que continuamente nos educara en la pasión por el otro que tenían aquellos santos. Porque no es algo innato, sino que nace de un encuentro y de una amistad que continuamente la despierta. Para mí, y para los amigos con los que empecé, es el movimiento de Comunión y Liberación».
¿Profesor virtual? No, gracias
Fabrizio Rossi
Se acabaron los tachones en rojo en el cuaderno. Se acabaron las súplicas a un compañero para que nos deje copiar. Probablemente se acabaron las pesadillas durante la noche antes del examen. Al menos, ésa es la promesa de MyMathLab, un software que desde septiembre ayudará a los estudiantes italianos a aprender matemáticas. Da la impresión de “tener al lado a un tutor personal, siempre disponible, que se dedica a conseguir el éxito del alumno”, dicen sus inventores. Como un profesor virtual, que te sigue mientras resuelves un problema y te señala inmediatamente dónde te has equivocado, te repite la fórmula correcta millones de veces si es necesario, y sin perder la paciencia. Basta con ir a internet y acceder a los ejercicios.
Parece un sistema perfecto, ¿pero es suficiente para enseñar una materia? El que va mal, ¿sólo necesita memorizar las reglas y aplicarlas? “Por supuesto que no”, afirma Grazia Cotroni, profesora de matemáticas. “La cuestión es siempre tener delante a una persona de carne y hueso, con su humanidad”. Se le hace evidente cuando está en clase, donde cada día trata de explicar ecuaciones y teoremas a los alumnos del Liceo artístico. “Hace falta una persona apasionada, que haga nacer esa envidia que hace que un estudiante diga: ‘Yo quiero ser así’. De otra forma, uno podría resolver todos los problemas del software y no estar contento”. La alegría duraría sólo lo que dura el momento de éxito, como cuando ganas a la playstation. Sin embargo, dentro de la aridez de esos números hay muchos más: “¿Qué quiere decir aprender una regla? Demostrarla, estar en relación con alguien que te sugiera el camino que debes recorrer. Que te muestre la relación que tiene esa regla con el mundo entero, por ejemplo, haciéndote ver que las parábolas tienen que ver con los faros de un coche o con una antena de satélite”.
¿Ni siquiera una asignatura más “técnica”, como las matemáticas, puede dejar en segundo plano la relación humana? “De hecho en estos casos es aún más importante”, explica Grazia. “Porque los alumnos corren el riesgo de pensar que lo que estudian no tiene nada que ver con ellos. Aprenden la regla pero no la hacen suya. Sin embargo, dentro de una relación nada queda fuera. Ni siquiera los errores, “como me pasó ayer. Delante de la fracción 420/120, una chica simplificó el veinte con el veinte. Error. Había deducido una regla: ‘puesto que se pueden eliminar los ceros, he pensado que también podría eliminar los doses’. Le dije: ‘Bien, veamos si funciona’. Después de aquel ejemplo entendió que la regla no valía, pero lo verificó ella misma”. Un software habría detectado el error, pero nada más, no habría construido nada a partir de ahí. “Sin embargo, así uno no olvida nunca lo que aprende. Y sobre todo aprende a razonar”.
No se trata de demonizar la tecnología. “Hay que usarla, es una ayuda”. De hecho, la profesora Cotroni ha creado un sitio web con video-lecciones (www.viamathea.it). “Es muy diferente mirar a uno que tiene pasión por la realidad y te lanza, te provoca a indagar sobre la razón de todo”. Sólo así sucede algo que va más allá de una clase de fracciones. “Los chicos empiezan a preguntarse el porqué de todo lo que hacen. Se preguntan: ¿por qué es así?, ¿será siempre así? Aprenden una mirada”.
Se acabaron los tachones en rojo en el cuaderno. Se acabaron las súplicas a un compañero para que nos deje copiar. Probablemente se acabaron las pesadillas durante la noche antes del examen. Al menos, ésa es la promesa de MyMathLab, un software que desde septiembre ayudará a los estudiantes italianos a aprender matemáticas. Da la impresión de “tener al lado a un tutor personal, siempre disponible, que se dedica a conseguir el éxito del alumno”, dicen sus inventores. Como un profesor virtual, que te sigue mientras resuelves un problema y te señala inmediatamente dónde te has equivocado, te repite la fórmula correcta millones de veces si es necesario, y sin perder la paciencia. Basta con ir a internet y acceder a los ejercicios.
Parece un sistema perfecto, ¿pero es suficiente para enseñar una materia? El que va mal, ¿sólo necesita memorizar las reglas y aplicarlas? “Por supuesto que no”, afirma Grazia Cotroni, profesora de matemáticas. “La cuestión es siempre tener delante a una persona de carne y hueso, con su humanidad”. Se le hace evidente cuando está en clase, donde cada día trata de explicar ecuaciones y teoremas a los alumnos del Liceo artístico. “Hace falta una persona apasionada, que haga nacer esa envidia que hace que un estudiante diga: ‘Yo quiero ser así’. De otra forma, uno podría resolver todos los problemas del software y no estar contento”. La alegría duraría sólo lo que dura el momento de éxito, como cuando ganas a la playstation. Sin embargo, dentro de la aridez de esos números hay muchos más: “¿Qué quiere decir aprender una regla? Demostrarla, estar en relación con alguien que te sugiera el camino que debes recorrer. Que te muestre la relación que tiene esa regla con el mundo entero, por ejemplo, haciéndote ver que las parábolas tienen que ver con los faros de un coche o con una antena de satélite”.
¿Ni siquiera una asignatura más “técnica”, como las matemáticas, puede dejar en segundo plano la relación humana? “De hecho en estos casos es aún más importante”, explica Grazia. “Porque los alumnos corren el riesgo de pensar que lo que estudian no tiene nada que ver con ellos. Aprenden la regla pero no la hacen suya. Sin embargo, dentro de una relación nada queda fuera. Ni siquiera los errores, “como me pasó ayer. Delante de la fracción 420/120, una chica simplificó el veinte con el veinte. Error. Había deducido una regla: ‘puesto que se pueden eliminar los ceros, he pensado que también podría eliminar los doses’. Le dije: ‘Bien, veamos si funciona’. Después de aquel ejemplo entendió que la regla no valía, pero lo verificó ella misma”. Un software habría detectado el error, pero nada más, no habría construido nada a partir de ahí. “Sin embargo, así uno no olvida nunca lo que aprende. Y sobre todo aprende a razonar”.
No se trata de demonizar la tecnología. “Hay que usarla, es una ayuda”. De hecho, la profesora Cotroni ha creado un sitio web con video-lecciones (www.viamathea.it). “Es muy diferente mirar a uno que tiene pasión por la realidad y te lanza, te provoca a indagar sobre la razón de todo”. Sólo así sucede algo que va más allá de una clase de fracciones. “Los chicos empiezan a preguntarse el porqué de todo lo que hacen. Se preguntan: ¿por qué es así?, ¿será siempre así? Aprenden una mirada”.
El testigo como educador
Ramiro Pellitero
Diversas películas se han fijado en el papel del educador, apuntando, con más o menos fortuna, a su importante tarea, no siempre comprendida ni apreciada en lo que merece. Entre ellas cabe referirse a dos.
La primera es "El Club de los poetas muertos" (Dead Poets Society, dirigida por P. Weir, 1989, a partir de una novela de N. H. Kleinbaum). Un grupo de alumnos de un colegio estadounidense de estricta disciplina son introducidos en la poesía, y animados a aprovechar su vida ("carpe diem") por un singular profesor, que despierta sus mentes con métodos poco convencionales.
Algunos comentadores de la película subrayan su éxito para poner en cuestión los ritos de las escuelas tradicionales, a menudo estereotipados y desvitalizados. Hay que ayudar a los alumnos a descubrir sus propios caminos –se propone– y el profesor debe implicarse para enseñarles a pensar de modo creativo y crítico, y desarrollar la capacidad de amar, en lo que consiste realmente la vida; así se evitará que sean meros repetidores o receptores de lo que han escuchado. Sin embargo, cabe hacerse la pregunta de hasta qué punto el profesor consigue abrir a esos chicos dimensiones esenciales de la educación, como la trascendencia (el amor de Dios) y el verdadero amor a los demás.
La segunda película, "Una educación" (An education, L. Scherfig, 2010), es una historia de base autobiográfica, ambientada en los años 60. Jenny, una joven londinense de 16 años, guapa e inteligente, se siente fascinada y seducida por los halagos de David, un treintañero que le promete la felicidad. Ante los halagos solícitos de David, el entorno familiar y escolar de Jenny se le aparecen entonces como aburridos, raquíticos, privados de alma y horizontes.
Los comentadores del film suelen concluir que la calle se revela como la mejor escuela para liberarse del aburrimiento y la ingenuidad, la superficialidad y las apariencias de una educación puritana; la calle sería también una escuela que, pagando cierto precio, enseña a rechazar la frivolidad irresponsable. ¿Pero es así de hecho?
Ciertamente, no se pueden repartir de modo simple los papeles educativos, de manera que la escuela o la universidad enseñen la "razón", la familia aporte la "tradición" y la calle contribuya decisivamente con la "experiencia", dejando –en el caso de la formación cristiana– a la parroquia el papel de abrir la dimensión trascendente o religiosa de la persona. Pero, ¿cómo hacer que cada uno de esos ámbitos aporte su propia riqueza, subrayando en cada caso la dimensión educativa conveniente, pero con apertura a las otras dimensiones, también esenciales, de la tarea educativa?
El cristianismo propone muchas figuras de educadores, pero ante todo propone una visión del cristiano como alguien que necesita una formación y que a su vez debe contribuir a formar a los demás. Un educador muy especial fue San Juan Bautista. Él reconoció ser solo la voz de la Palabra (Cristo) que venía detrás pero era más importante que él. Aunque es un caso único (todos lo son), de él podemos seguir aprendiendo los cristianos, porque, según Pablo VI, "el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos". En San Juan Bautista se ve cómo su enseñanza se identificó con su testimonio.
En el Museo catedralicio de Toledo se exhibe una pintura atribuida a Caravaggio, que representa a San Juan Bautista en el desierto. El santo aparece sobre un trasfondo de vides (que pueden evocar el vino de la última Cena) y tallos espinosos (quizá en recuerdo de la corona de espinas que pusieron al Señor en su Pasión). San Juan descansa sobre una capa roja (color del sacrificio), y con su mano izquierda sostiene una fina cruz. En actitud meditativa mira hacia sus pies, donde está sentado un manso cordero: representa obviamente al "Cordero de Dios" que quita los pecados del mundo, y que había sido prefigurado por aquél otro cordero que se ofreció como víctima para que los judíos pudieran salir de Egipto.
En otro cuadro sobre San Juan Bautista (Museo Nelson-Atkins, Kansas City), debido éste con certeza al pincel de Caravaggio, se presenta al santo apoyado en la cruz e inclinado hacia delante, como para descender o arrodillarse en cumplimiento de su tarea. El destino de esta pintura era una iglesia de un lugar en la costa de Italia, donde se cuidaba y se enterraba a los enfermos invadidos por la peste. Ellos se acogían a la intercesión de San Juan para que les curase y les acercase el perdón de Cristo. En su mano derecha lleva también la cruz delgada, quizá en referencia a la "caña sacudida por el viento" (Lc 7, 24) de la que hablaba el Señor. Todo ello –según Peter Robb, uno de los biógrafos de Caravaggio– parece sugerir el misterio del Bautista, de su misión y de su destino.
En definitiva, para el cristianismo, el educador es sobre todo el "testigo", es decir, el cristiano auténtico que vive, primero él, de la Palabra (del Evangelio y de la oración, porque ahí encuentra a Cristo) y de los sacramentos (especialmente de la Eucaristía, donde también se encuentra –siempre de nuevo y con más profundidad y fuerza– con Cristo). Palabra y sacramentos dan como fruto el amor a Dios y a los demás.
Con ese bagaje personal, los educadores han de plantear, con sabiduría, confianza y cercanía, las grandes cuestiones (la relación entre verdad y amor, felicidad y sufrimiento, libertad y autoridad, etc.) y educar las actitudes cristianas (como el compromiso con los necesitados y la misericordia).
En cualquier caso, en la situación actual de urgencia educativa (cf. Benedicto XVI, Carta sobre la urgencia educativa, 21-I-2008), se trate de los padres o madres de familia, de los sacerdotes o catequistas, de los profesores, amigos o cualquier persona que puede contribuir a la formación de otras, el educador válido sólo puede ser un testigo de la verdad y el amor.
La primera es "El Club de los poetas muertos" (Dead Poets Society, dirigida por P. Weir, 1989, a partir de una novela de N. H. Kleinbaum). Un grupo de alumnos de un colegio estadounidense de estricta disciplina son introducidos en la poesía, y animados a aprovechar su vida ("carpe diem") por un singular profesor, que despierta sus mentes con métodos poco convencionales.
Algunos comentadores de la película subrayan su éxito para poner en cuestión los ritos de las escuelas tradicionales, a menudo estereotipados y desvitalizados. Hay que ayudar a los alumnos a descubrir sus propios caminos –se propone– y el profesor debe implicarse para enseñarles a pensar de modo creativo y crítico, y desarrollar la capacidad de amar, en lo que consiste realmente la vida; así se evitará que sean meros repetidores o receptores de lo que han escuchado. Sin embargo, cabe hacerse la pregunta de hasta qué punto el profesor consigue abrir a esos chicos dimensiones esenciales de la educación, como la trascendencia (el amor de Dios) y el verdadero amor a los demás.
La segunda película, "Una educación" (An education, L. Scherfig, 2010), es una historia de base autobiográfica, ambientada en los años 60. Jenny, una joven londinense de 16 años, guapa e inteligente, se siente fascinada y seducida por los halagos de David, un treintañero que le promete la felicidad. Ante los halagos solícitos de David, el entorno familiar y escolar de Jenny se le aparecen entonces como aburridos, raquíticos, privados de alma y horizontes.
Los comentadores del film suelen concluir que la calle se revela como la mejor escuela para liberarse del aburrimiento y la ingenuidad, la superficialidad y las apariencias de una educación puritana; la calle sería también una escuela que, pagando cierto precio, enseña a rechazar la frivolidad irresponsable. ¿Pero es así de hecho?
Ciertamente, no se pueden repartir de modo simple los papeles educativos, de manera que la escuela o la universidad enseñen la "razón", la familia aporte la "tradición" y la calle contribuya decisivamente con la "experiencia", dejando –en el caso de la formación cristiana– a la parroquia el papel de abrir la dimensión trascendente o religiosa de la persona. Pero, ¿cómo hacer que cada uno de esos ámbitos aporte su propia riqueza, subrayando en cada caso la dimensión educativa conveniente, pero con apertura a las otras dimensiones, también esenciales, de la tarea educativa?
El cristianismo propone muchas figuras de educadores, pero ante todo propone una visión del cristiano como alguien que necesita una formación y que a su vez debe contribuir a formar a los demás. Un educador muy especial fue San Juan Bautista. Él reconoció ser solo la voz de la Palabra (Cristo) que venía detrás pero era más importante que él. Aunque es un caso único (todos lo son), de él podemos seguir aprendiendo los cristianos, porque, según Pablo VI, "el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos". En San Juan Bautista se ve cómo su enseñanza se identificó con su testimonio.
En el Museo catedralicio de Toledo se exhibe una pintura atribuida a Caravaggio, que representa a San Juan Bautista en el desierto. El santo aparece sobre un trasfondo de vides (que pueden evocar el vino de la última Cena) y tallos espinosos (quizá en recuerdo de la corona de espinas que pusieron al Señor en su Pasión). San Juan descansa sobre una capa roja (color del sacrificio), y con su mano izquierda sostiene una fina cruz. En actitud meditativa mira hacia sus pies, donde está sentado un manso cordero: representa obviamente al "Cordero de Dios" que quita los pecados del mundo, y que había sido prefigurado por aquél otro cordero que se ofreció como víctima para que los judíos pudieran salir de Egipto.
En otro cuadro sobre San Juan Bautista (Museo Nelson-Atkins, Kansas City), debido éste con certeza al pincel de Caravaggio, se presenta al santo apoyado en la cruz e inclinado hacia delante, como para descender o arrodillarse en cumplimiento de su tarea. El destino de esta pintura era una iglesia de un lugar en la costa de Italia, donde se cuidaba y se enterraba a los enfermos invadidos por la peste. Ellos se acogían a la intercesión de San Juan para que les curase y les acercase el perdón de Cristo. En su mano derecha lleva también la cruz delgada, quizá en referencia a la "caña sacudida por el viento" (Lc 7, 24) de la que hablaba el Señor. Todo ello –según Peter Robb, uno de los biógrafos de Caravaggio– parece sugerir el misterio del Bautista, de su misión y de su destino.
En definitiva, para el cristianismo, el educador es sobre todo el "testigo", es decir, el cristiano auténtico que vive, primero él, de la Palabra (del Evangelio y de la oración, porque ahí encuentra a Cristo) y de los sacramentos (especialmente de la Eucaristía, donde también se encuentra –siempre de nuevo y con más profundidad y fuerza– con Cristo). Palabra y sacramentos dan como fruto el amor a Dios y a los demás.
Con ese bagaje personal, los educadores han de plantear, con sabiduría, confianza y cercanía, las grandes cuestiones (la relación entre verdad y amor, felicidad y sufrimiento, libertad y autoridad, etc.) y educar las actitudes cristianas (como el compromiso con los necesitados y la misericordia).
En cualquier caso, en la situación actual de urgencia educativa (cf. Benedicto XVI, Carta sobre la urgencia educativa, 21-I-2008), se trate de los padres o madres de familia, de los sacerdotes o catequistas, de los profesores, amigos o cualquier persona que puede contribuir a la formación de otras, el educador válido sólo puede ser un testigo de la verdad y el amor.
viernes, 13 de mayo de 2011
El gusto de construir la ciudad común
Manifiesto de Comunión y Liberación ante las elecciones autonómicas y municipales que el próximo 22 de mayo se celebrarán en España y que apoyamos desde ARCYP.
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